REVISTA DE PRENSA | CTXT

 

 

El mundo baila al son de la derecha populista

 

 

Un análisis de la actualidad internacional a través de artículos publicados en medios globales seleccionados y comentados por la revista CTXT

 

ÁLVARO GUZMÁN

7 JUN 2019 - 14:57 CEST

 

Los presidentes de Brasil y Argentina, Jair Bolsonaro y Mauricio Macri, el jueves en Buenos Aires. AGUSTIN MARCARIAN REUTERS

 

Cuentan que cuando el entonces presidente argentino, Carlos Menem, llegó tarde y a pie a la sesión de fotos de la Cumbre de las Américas, en abril de 1998, haciendo esperar a 33 jefes de Estado del continente, este se dispensó echando la culpa a su chófer, y quejándose por haber tenido que caminar hasta el encuentro. Un ministro desempolvó un viejo chiste contra los compatriotas de Menem, para regocijo de casi todos los asistentes: “Los argentinos son italianos que hablan español y se creen ingleses”.

 

Menem fue el último presidente neoliberal de Argentina hasta la elección de Mauricio Macri en noviembre de 2015. Alumno aventajado del Fondo Monetario Internacional (FMI), el mandatario fue invitado a Washington en 1998 para pronunciar el discurso de apertura de la asamblea general del Fondo. Poco después, dejaría al país al borde de la bancarrota, sumida en una de las mayores crisis que se recuerdan en tiempos modernos. Su sucesor, Fernando de La Rúa, tuvo que salir de una Casa Rosada cercada por una turba hambrienta de pan y sedienta de justicia. Las recetas del Fondo, elaboradas con esmero por Menem, habían traído aquel hambre; y aquella sed.

 

La elección de Macri casi dos décadas después supuso el primer aviso de que algo estaba cambiando, no sólo en Argentina. Allí arrancó un giro a la derecha que afecta a la región latinoamericana, pero la trasciende con mucho. Siguieron el referéndum del Brexit, la elección de Trump, Bolsonaro y un largo etcétera. Hoy, como en el chiste, Argentina, Italia y el Reino Unido se presentan como lugares óptimos para tomarle el pulso al rearme global de las derechas. Siempre inescrutable, es paradójicamente el país andino en el que más dudas asoman sobre el proyecto, con el FMI, de nuevo, como invitado de honor.

 

La edición latinoamericana de Le Monde Diplomatique, que se edita desde Buenos Aires, dedica su número más reciente al “último sostén de Macri”. No es otro que el poder estadounidense, proyectado sobre Argentina en diversas formas con el objetivo de apuntalar al empresario de cara a su reelección. Obama primero, y en especial Trump, después, apostaron fuerte por Macri, según cuenta en el texto estrella del dosier el director del medio, José Nathanson. El periodista y politólogo escudriña la “mano invisible del imperio”, que ha obtenido de Macri “un vínculo en materia de seguridad casi promiscuo y un alineamiento diplomático total: a diferencia de otros países latinoamericanos como Perú y Chile, Argentina no se sumó a la Iniciativa de la Ruta de la Seda, el faraónico proyecto chino de infraestructura: estaba a punto de hacerlo hasta que una llamada de Trump convenció a Macri de no asistir a la cumbre en Pekín”, escribe Nathanson.

 

La contrapartida tiene tintes de los funestos años noventa del pasado siglo, con un país que vuelve a hincar la rodilla ante los acreedores y se desangra entre recortes, hiperinflación y una tasa de pobreza disparada. Si bien la “reedición de las relaciones carnales” no ha traído consigo el cacareado aumento de la inversión extranjera, que sigue en un paupérrimo 2% del producto interior bruto, ni de las exportaciones, estancadas en el 16% pese a la salvaje devaluación, Nathanson señala que “sí tuvo una consecuencia política bien concreta: el respaldo estadounidense fue crucial para que el FMI aceptara firmar en tiempo récord el fastuoso acuerdo de asistencia financiera, que según las primeras declaraciones oficiales sería simplemente preventivo, y fue lo que permitió que ese acuerdo se renegociara luego dos veces y que finalmente se flexibilizara al punto de habilitar al Banco Central, contra la opinión del staff del Fondo y la letra de su estatuto, a utilizar las reservas para frenar el dólar”. Las órdenes venían directamente de la Casa Blanca, con el secretario del Tesoro y exbanquero de Goldman Sachs, Steve Mnuchin, como pieza clave para un “respaldo sin fisuras” a Macri.

 

Dicho apoyo va más allá de la diplomacia de los planes de rescate austericidas. Nathanson pone el acento en otro tipo de colaboración que tiene mucho que ver con los cambios políticos que se atisban en la región. “Hoy uno de los canales más relevantes de transmisión de influencia de Estados Unidos en América Latina es el novedoso canal judicial”. El autor detalla una serie de iniciativas y programas de colaboración que vertebran la relación cada vez más fluida entre funcionarios judiciales de ambos países y han incrementado la presencia estadounidense en los tribunales argentinos. Es más, apunta Nathanson, la legislación argentina ha ido incorporando figuras procesales del código estadounidense, como la del “imputado colaborador”, que ha permitido a un puñado de jueces y fiscales avanzar las causas de corrupción contra los enemigos políticos de Macri.

 

Si les suena el manual a lo sucedido en Brasil, donde para allanar el camino a Bolsonaro se apartó  por vía judicial primero a Dilma Rousseff y luego a Lula, es porque responde a un patrón. Hoy en América Latina, advierte Nathanson, los golpes los dan las divisas y las togas; no tanto los tanques. Washington, pues, “conserva la capacidad de incidir en la política y la economía de la región pero esa capacidad está lejos de ser total, y en este sentido la izquierda latinoamericana se debe un examen más preciso, más sofisticado, acerca de los mecanismos concretos a través de los cuales fluye ese poder y los límites que encuentra”.

 

Cristina Fernández de Kirchner.

 

Quizá en esa línea haya que leer el pasmoso quiebro de Cristina Fernández de Kirchner, predecesora de Macri en el cargo. La expresidenta, que no pudo optar a un tercer mandato consecutivo por prescripción legal, sí podía hacerlo a suceder a Macri. Cuando muchos esperaban que diera el salto al postularse para la jefatura de estado, la líder peronista sorprendió a propios y extraños al anunciar su candidatura a vicepresidenta, en tándem con Alberto Fernández. El flamante candidato destaca por ser una figura marcadamente a la derecha de Kirchner, un centrista conocido por sus lazos con las élites económicas del país, que había sido crítico con las políticas más progresistas de Kirchner.

 

En la revista Jacobin, Pablo Stefanoni psicoanaliza el movimiento táctico de Kirchner, y de paso las líneas maestras del insondable peronismo, que todo lo empapa en Argentina. “La nominación sorpresa de Fernández, por parte ni más ni menos que de su candidata a vicepresidenta, ha vuelto a situar a Cristina en la sala de máquinas y ha dejado a sus adversarios tambaleándose”, escribe Stefanoni. “La antigua jefa de Estado muestra una insospechada humildad al renunciar a su tan ansiada candidatura, al tiempo que enfatiza una nueva ‘apertura’ al cederla a una figura que nunca ha dudado en criticarle públicamente”.

 

El historiador cita otras dos claves del movimiento kirchnerista de cara a las elecciones de octubre, en las que la expresidenta buscará evitar una segunda vuelta ante un muy debilitado Macri y volver así a la Casa Rosada por la vía rápida. Para ello, busca incorporar a sectores más conservadores del peronismo que se han mantenido distantes, cuando no abiertamente hostiles, a su liderazgo. Además, el quiebro permite a la expresidenta esquivar los juicios por corrupción pendientes que podrían minar sus opciones en campaña.

 

Triunfan, pues, el tacticismo y la realpolitik en un movimiento –el kirchnerista— que devolvió en los 2000 al peronismo a su senda tradicional tras la excursión neoliberal de Menem y lo ensanchó hacia su izquierda, concentrando en torno a sí a sectores del socialismo y el comunismo no peronista. De hecho, recuerda Stefanoni, “Fernández era visto hasta hace bien poco en círculos pro-Kirchner como un traidor, por haberse puesto del lado de los oligarcas latifundistas en la crisis del campo de 2008. “Los que tengan un poco más de memoria recordarán que formó parte del partido fundado por Domingo Cavallo, arquitecto de los noventa neoliberales. Más recientemente, había actuado como lobista del conglomerado energético Repsol, y como agente de la corporación mediática Clarín, que había librado una guerra sin cuartel contra la imagen pública de Cristina Kirchner”.

 

Casi a la vez que ungía candidato a Fernández, Kirchner mandaba como emisario a Washington a su exministro de economía, Axel Kicillof, con un mensaje claro para los amos del FMI: un Gobierno peronista atendería religiosamente al pago de la deuda. De puertas adentro y afuera, los alumnos de Laclau se repliegan hacia el centro. Sabedores del entorno geopolítico desfavorable para las izquierdas, conscientes del campo de minas judicial que se les presenta y aprehendidos del clima de polarización antikirchenrista que aupó a Macri al poder, mudan de piel para presentarse como fuerza de orden y de responsabilidad de Estado. La jugada, advierte Stefanoni, podría salirles bien: “El Gobierno actual estaba mejor preparado para enfrentarse a la encarnación carnívora de Cristina que a su actual versión herbívora”.

 

Modi y los pogromos

 

El primer ministro indio, Narendra Modi, saluda a seguidores en Benarés el 25 de abril. ADNAN ABIDIREUTERS

 

El que no tiene que mutar un ápice para seguir arrasando es Narendra Modi, primer ministro indio, que logró a finales de mayo su reelección. Lo hizo ampliando una mayoría cimentada en torno al ultranacionalismo hindú y antimusulmán. En la revista London Review of Books, el ensayista de origen paquistaní Tariq Ali analiza la victoria de Modi, que tilda de “imponente”. Ali señala al Congreso Nacional Indio, principal formación de oposición, como responsable del éxito sin paliativos de Modi. “El Congreso convirtió la campaña en un referéndum sobre Modi. ¿Se podía volver a confiar en el hijo de un vendedor de té, indocto, tosco, intolerante, pequeñoburgués (que no sabe inglés)? Y el electorado indio ha dado su respuesta. Adora a Modi. Otra victoria aplastante para el artífice de los pogromos contra los musulmanes. El consenso posterior a la independencia que muchos añoran está muerto y enterrado”.

 

Ali destaca la fortaleza cultural del partido de Modi y de los nacionalistas hindúes. “Son el marcapasos, bien incrustados en el corazón de un Estado indio en plena modernización, y utilizan todos sus recursos y dispositivos para imponer sus creencias ideológicas y castigar a quienes no se plieguen a ellas. La historia es un campo de batalla crucial y se está escribiendo sistemáticamente para que repique la ideología hindutva”, señala Ali, que advierte que las editoriales ya están retirando obras académicas críticas con los orígenes y el desarrollo del hinduismo y el partido de Modi.

 

“El triunfo de Modi es, naturalmente, difícil de digerir para las élites metropolitanas liberales y gran parte de la izquierda”, abunda el ensayista. “Pero es hora de que se hagan preguntas difíciles. Empecemos con el Congreso. Fue pionero del neoliberalismo bajo el mandato del primer ministro interino Manmohan Singh, y a menudo ha competido con el partido de Modi al avivar las llamas del prejuicio contra las minorías en Gujarat y otras regiones. Los liberales y algunos izquierdistas indios tienen dificultades para diferenciarse de Modi en la cuestión de Cachemira, las desigualdades de clase y la discriminación institucional contra los musulmanes que arrancó con la división del país en 1947 y ha alcanzado ahora sus cotas más altas”.

 

Salvini, el nuevo caudillo

 

Tanto la inapelable victoria de Modi como el corrimiento peronista para batir a Macri por el centro reflejan la creciente hegemonía de las derechas. Lo hace, también, el fulgurante ascenso de Matteo Salvini, que va camino de llevarse por delante a su compañero de coalición, el Movimiento Cinco Estrellas, y alzarse con todo el poder en Italia.

 

El líder de la Liga, Matteo Salvini, durante un mitin en Castelfranco el 4 de junio. ELISABETTA BARACCHIAP

 

En la revista New Left Review, el periodista Matteo Pucciarelli traza un colosal retrato del ascenso político de Salvini, aupado por la política de rechazo al inmigrante y la ávida transformación de su partido. “Italia tiene un nuevo caudillo… Para muchos, un nuevo salvador. El jefe efectivo del Gobierno en Roma no es el premier titular, Giuseppe Conte, ni el ganador de las últimas elecciones, el líder del Cinco Estrellas, Luigi Di Maio”, escribe Pucciarelli. “Es el ministro de Interior, Matteo Salvini. Como de la noche al día, el antaño desconocido concejal de Milán, militante del partido separatista Liga Norte, se ha convertido en la figura política más poderosa del país. En solo cinco años, un partido que era una reliquia política, con el 3% o 4% de los votos, se ha tornado, en sus manos, en el eje sobre el que pivota la política italiana… Y quizá la europea. Pero en cierta medida, la historia de esta alucinante transformación empieza muy lejos. No tanto en el tiempo, sino en el espacio, en las guerras y las vastas desigualdades económicas que han abocado a millones de africanos y asiáticos a lanzarse, Mediterráneo a través, en busca de trabajo, libertad, y algo de bienestar, camino de la opulenta Europa, que cada vez es más vieja, desigual y rencorosa”.

 

Pucciarelli hace un repaso exhaustivo a la historia de la Liga Norte, el partido más antiguo que sobrevive en Italia, con una estructura asentada y una firme disciplina, y cómo este se transformó, de la mano de Salvini, de un partido periférico sin afán universalista al aparato político más poderoso del país, ahora, ya sí, con objetivos e implantación nacionales. Hila ese relato con un perfil político y comunicativo del propio Salvini, desde sus orígenes en la política de barrio al Ministerio de Interior (y, no lo duden, más allá) y con el desplazamiento del discurso del enemigo interno (de clase o regional) al externo (los inmigrantes, Bruselas) en la política italiana. Es precisamente en Idomeni, en la frontera griego-macedonia, donde arranca su relato el periodista, con una vívida descripción del epicentro de la crisis humanitaria de los refugiados rechazados por Europa.

 

“¿Cómo puede no sentirse vergüenza ante las desigualdades que se muestran aquí”?, se pregunta Pucciarelli. “El capital se mueve sin impedimento; los muros se levantan contra los seres humanos. La vida depende de un documento y un sello, el destino, de un miserable pedazo de papel; se pasan horas haciendo cola por un sándwich, esperando sin recompensa las decisiones tomadas quién sabe por quién, o por qué… Europa prefiere mirar a otro lado, o explotar el imaginario político que viene de la desesperación de los otros: no ayudar, sino identificar al enemigo, poner en marcha una competición en la humillación. ¿Quién es el más desfavorecido del mundo? Los últimos de la tierra y los penúltimos son así enfrentados, mientras que a los más favorecidos se les protege. Los yates cruzan medio vacíos mientras otros se pelean por un lugar en la balsa. En Italia, Salvini ha liderado una revuelta de los penúltimos sobre las balsas. Sin apenas conciencia de quién tienen por encima, miran a los de abajo agolpándose sobre las costas de Europa como una amenaza, ya que temen caer todavía más bajo ellos mismos. La única movilidad social posible en un continente agotado y envejecido parece ser en reverso: los hijos de los trabajadores ya no se convierten en doctores, sino que engordan las listas del paro. Con gran destreza, el líder de los penúltimos ha aprendido a hablarles al estómago… Y al corazón”.

 

Pucciarelli describe una Italia en descomposición social y política, en la que Salvini se ha ido abriendo paso por los errores garrafales de los adversarios, primero dentro de su partido y después en las más altas esferas del Estado. “Por encima de todo, eso sí, Salvini tiene la suerte de operar en un contexto nacional definido por la irrelevancia casi completa de la izquierda, sea esta reformista o radical. En Francia, España, Gran Bretaña o incluso Alemania, existen fuerzas populares en la izquierda que se resisten a la doctrina dominante y son capaces de atraer votos para una ruptura con esta. En Italia ya no hay nada parecido”.

 

Pucciarelli abunda en la especificidad italiana. “También han favorecido al ascenso de Salvini las condiciones socioeconómicas y geográficas. No hay ningún otro Estado en la Unión Europea que haya sufrido más con la camisa de fuerza del euro que Italia, cuya renta per cápita apenas ha crecido desde que entró en vigor la unión monetaria, y cuyas tasas de crecimiento siguen siendo miserables. El país está a la cola del mundo industrializado en movilidad social… Como en muchos otros países, el ascensor social está roto, pero en Italia sus efectos son particularmente marcados. También, como península con la línea costera más extensa de ningún país de la UE y como país de emigrantes, no habituado a estar en la parte receptora de movimientos de población a los que históricamente ha contribuido tanto, Italia se encuentra en una encrucijada”, concluye. “Y todo esto, en un periodo de contracción económica, con la tarta cortada cada vez más desigualmente, con más y más gente buscando trabajo y estabilidad social. Al tiempo que estas tensiones se vuelven eléctricas, Salvini es el pararrayos perfecto para descargar el potencial de conflicto de clase en una lucha de pobres contra pobres”.

 

Y Farage, el amigo de los ricos confederados

 

Todo esto –macabro gattopardismo–, con un programa económico radicalmente de derechas, empezando por la regresividad fiscal con la que hubiera soñado Milton Friedman. En esto, Salvini se parece mucho a otro líder nacionalista europeo con ansias de enmarcar chivos expiatorios para que los suyos se vayan de rositas. Nigel Farage es, según cuenta en un artículo en el New York Times el sociólogo y escritor Richard Seymour, “el hombre más peligroso de Gran Bretaña”. El exbanquero, autor intelectual del Brexit, se había retirado de la política tras su victoria en aquel referéndum desde el cual no ha dejado de tambalearse el Reino Unido. Ahora ha vuelto para fundar un partido sin programa ni afiliados –el Brexit Party–, que, como la Liga de Salvini, ha arrasado en las elecciones europeas. Farage, escribe Seymour, es la crisis británica hecha hombre. “Subestimado a más no poder, ha hecho más que ningún otro político en una generación para tirar de la política británica hacia la derecha extrema y nacionalista. Es uno de los demagogos más efectivos y peligrosos en la historia del Reino Unido”.

 

Nigel Farage. MATT DUNHAM AP

 

Su regreso, apostilla Seymour, no podría ser más oportuno. Después de haber forzado al Partido Conservador a convocar un referéndum sobre la permanencia en la UE que terminó perdiendo, ahora vuelve a la palestra para exigir, tras tres años de política zombie y con la derecha en descomposición, un Brexit sin acuerdo. Lo hace desde una política personalista, al estilo Salvini, que esconde un proyecto ultraliberal.

 

“Es irónico que Farage atraiga a la gente que se ve sitiada precisamente por el tipo de capitalismo financiero volátil que él mismo representa. Es, como Donald Trump, esa figura paradójica: el capitalista populista. Hizo fortuna como corredor de la City durante los años del boom de los 80, deleitándose en su cultura de la adrenalina y los excesos con el alcohol. Es el Gordon Gekko de la política británica”, añade Seymour, en referencia al protagonista de la película Wall Street, de Oliver Stone. “Lo sorprendente, para quienes quieran prestar atención, es hasta qué punto su agenda se reduce a los intereses de clase: se opone a la extensión de la baja por maternidad, a subir el salario mínimo y rebajar la edad de jubilación… Todo lo que resulte un inconveniente para sus nuevos ricos confederados. Si se saliera con la suya, muchos de sus seguidores trabajarían más duro, más horas y por menos dinero, con menos protección. Ese es, sin duda, su sueño del Brexit: Singapur sobre el Támesis”.

 

 

 

 

 

 

 

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