Gabriel Tabera, in memoriam

 

Se cumple el tercer aniversario de la muerte del luchador trotskista y periodista. Su viuda, también periodista, recuerda estas dos facetas de su personalidad.

 

domingo, 26 de noviembre de 2017 · 12:00:00 a.m.

Vania Solares Maymura Periodista
 

Hace unos días, un amigo nos contó (a mis dos hijos y a mí) las discusiones cordiales que tenía con mi esposo, Gabriel Tabera Soliz, sobre trotskismo. Les dijo a mis hijos que su papá era militante de esa corriente política y que como él no era partidario de la misma, intercambiaban largas opiniones opuestas, manteniendo cada uno, horas de horas, en la misma posición obstinada, sin ceder ni un ápice. 


El comentario del amigo concluyó con una frase dirigida a mi hijo de 14 años: “Espero que no sigas esos pasos”. Sonrió, quizás celebrando su propia anécdota y dejando en absoluto silencio a los niños y  a mí  con la boca abierta. 


Después de despedirnos y alejarnos varios metros a lo largo de la fría acera de cemento, Manuela, la menor de mis hijos, rompió la afonía de la tarde y preguntó: “¿Qué es el trotskismo?”. No quise postergar la respuesta y simplemente le dije que su papá era un seguidor de un líder revolucionario ruso conocido como León Trotsky. Le expliqué que Gabriel desde muy joven decidió luchar por las reivindicaciones de los trabajadores, por sus derechos y por la libre vigencia de los sindicatos.

 

“Entonces ser trotskista no es malo, ¿no mamá?”.


Recuerdo que en mi casa, de niña, todos los fines de semana disfrutábamos de la visita de don Néstor, un benemérito de la Guerra del Chaco, originario de Sucre y emparentado de alguna manera con la familia. Era un hombre de pocas sonrisas, pero las que esbozaba de vez en cuanto alegraban hasta a los vecinos del frente. De este personaje tan singular recuerdo sus magistrales lecciones de ajedrez que generosamente nos daba por las tardes y la primera vez que escuché la palabra trotskismo. Mi padre me había dicho que posiblemente don Néstor había sido uno de los primeros trotskistas bolivianos. Nunca pude confirmarlo, lo conocí ya de anciano, llevando un bastón de palo de rosa para afirmar sus pasos. Eso sí, hablaba con mucha agudeza y capacidad de análisis.

   

Un trotskista inagotable


A mi esposo Gabriel, destacado periodista y defensor de la clase obrera, que el 24 de noviembre de 2014 partió de esta Tierra, lo admiraba en todas las marchas del 1 de mayo, cuando acompañaba a la multitud de los trabajadores y no a los dirigentes que transaron.
Era un trotskista inagotable, preocupado permanentemente por la situación de las organizaciones laborales de nuestro país. Desde su puesto de periodista -y antes como estudiante universitario- aportó con información y análisis al fortalecimiento de las organizaciones obreras, apoyó sus luchas y enfatizó en la necesidad de que asumieran una orientación revolucionaria; proclamaba la necesidad de una revolución social para el establecimiento de un gobierno de obreros y campesinos.


Me contó que los sindicatos aparecieron por vez primera en el siglo XIX, junto con el capitalismo industrial, como fruto de la lucha reivindicativa del sector proletario, fuertemente influida por los partidos y organizaciones de izquierda.


La crisis económica y las condiciones de opresión en que la masa trabajadora vivía produjeron el auge de la protesta y los movimientos de organización social de trabajadores y otros colectivos.


El trotskismo se inició con el propio León Trotski, quien organizó junto con Lenin la Revolución de Octubre de 1917. La publicación de  La revolución permanente, en 1930, se considera clave en el nacimiento de esta corriente.

 

La única posibilidad de transformación 


Carlos Arze, un compañero político de Gabriel, dice que esta obra escrita por Trotsky postula que la revolución socialista sólo puede consolidarse en el ámbito internacional. “En ella se explica la incapacidad de las burguesías de los países atrasados del mundo para gestar una revolución democrática o burguesa que luego -después de un largo proceso de desarrollo capitalista- dé lugar, conforme a las tesis de Marx, al socialismo. Por ende, la única posibilidad de transformación de esos países era que el proceso revolucionario rebasara los estrechos límites de la revolución democrática y que se convirtiera en socialista, proceso que sólo podía ser encabezado y dirigido por la clase obrera.


Otro rasgo destacado del trotskismo es su oposición a la burocracia. En su lucha contra Stalin y su corriente política -el “estalinismo”- que postulaban la construcción del socialismo “en un solo país”, Trotsky definió a la nueva élite gobernante de la URSS  como una casta burocrática que había abandonado los postulados bolcheviques y que gobernaba en contra de su propio pueblo, al que había marginado del poder. El trotskismo sobrevivió incluso al asesinato de Trotski en México en 1940, y hoy forma parte de los movimientos de izquierda más populares en el mundo entero”.


Gabriel asumió esas ideas como la guía de su vida personal y política. Tanto en su militancia en el Partido Obrero Revolucionario, al que se sumó muy joven, como después cuando dejó de pertenecer a sus filas, pero sin renunciar a su programa político, actuó seguro de que en Bolivia la única posibilidad de salir del atraso y la miseria, y superar todos los problemas sociales que les acompañan, era la materialización de la revolución proletaria. Nunca dejó de lado el rigor de la concepción marxista de la historia. 

 

Un periodista comprometido 


Otro gran amigo de Gabriel, el periodista Rolando Carvajal, recuerda “el entusiasmo con el que relataba su participación en las protestas del 86-89 y las travesuras de sus compañeros reprimidos por la Policía antimotines; los atisbos de crítica interna a la dirección de Guillermo Lora y el respeto que éste, sin embargo, les inspiraba”. 


“Al ser reclutado para las redacciones de los periódicos, primero La Razón de 1991 y su inicial cobertura sobre el brote de cólera en Río Abajo en la sección  salud-sociedad, esbozando sus primeros reportes tímidos y nerviosos; y luego la página económica de Presencia, hacia 92-93, con el redoble de las privatizaciones que había iniciado Víctor Paz Estenssoro en 1988, de inmediato destacó por sus valores, méritos y potencialidad. Durante 22 años se quedó con el predominio del área, el aprecio de sus compañeros y la aprehensión de los funcionarios indispuestos con notas que no eran  condescendientes”. 


“Hacia 1996-97 intentó el periodismo autogestionario en un rincón de su departamento de la Lucas Jaimes, en su entrañable Miraflores. La madrugada nos sorprendía tecleando  notas de investigación económica para la agencia Econoticias, que comenzaba a balbucear sus primeros despachos, en medio de nostalgias universitarias y periodísticas”. 


“La última vez que lo vi lo encontré en el Servicio de Impuestos, en un pequeño escritorio al borde de unas estrechas gradas. Prometimos vernos a mi regreso de Oslo, pero él murió pocos días después de éste y ya no pudimos hacerlo.
Me pareció, sin embargo, que me había esperado. Al día siguiente de su muerte, en el Cementerio Jardín, su pequeño Santiago, al que no había visto dos años, me abrazó férreamente sin desprenderse, como si fuera Gabriel despidiéndose para siempre”.