Vladi Mendoza Manjon

 

Ante la crisis política en Bolivia: los trabajadores de la ciudad y el campo no deben apoyar a ningún candidato burgués

 

 

La crisis política detonada por las evidentes irregularidades cometidas durante el conteo de votos de las elecciones generales, enfrenta dos frentes de la burguesia que dividen en dos al electorado. Los mecanismos fraudulentos que dan victoria en primera vuelta al MAS han desatado la movilización principalmente de la pequeña burguesía urbana (profesionales, estudiantes, comerciantes medianos, etc.). El régimen de Evo Morales se sostiene en un bloque empresarial-sindical que, además de manejar el Estado para reproducirse como burocracia, es sostenido con el respaldo electoral de franjas sociales heterogénas, desde campesinos ricos, burguesía, pero también campesinos pobres, sectores “informales” e incluso importantes capas de la clase obrera.
La predominancia pequeño burguesa de la base social opositora determina sus objetivos políticos, su potencial movilizador y también su programa político. El hilo conductor dominante del discurso opositor ha quedado reducido al “respeto al voto”, es decir al más elemental de los fetiches de la democracia liberal. En ninguno de los “cabildos” que se han estado organizando antes y después de las elecciones, resuena con firmeza siquiera algún cuestionamiento de orden más general al Estado, que, bajo el control masista durante 14 años, tiene importantes síntomas de descomposición. La podredumbre de la justicia, los aparatos policíacos, el carácter presidencialista del gobierno y aspectos cruciales de la democracia, no son objetos de deliberación en las movilizaciones “en defensa de la democracia”. Sólo la lucha en Potosí, por efecto de convergencia, tiene bien instalado y asimilado el objetivo de cuestionar la ignominiosa entrega del litio de Uyuni que está efectuando el gobierno de Evo Morales a una transnacional alemana.
Hasta ahora, las presiones del campo opositor no se han podido generalizarse ni poner en brete al gobierno. A diferencia de la polarización del 2008, donde la oposición contaba con un frontal respaldo de la burguesía (principalmente agroindutrial) a sus conspiraciones, actualmente fracciones importantes de esa burguesía están mirando de palco el conflicto. La razón esencial se hallan en la política neodesarrollista de la política económica del MAS, que beneficia a banqueros, transnacionales, agroindustriales, etc.
Pero la razón de esencial de la debilidad social de la oposición estriba en su carácter de clase, y por ende, en su programa de lucha. Algunos ex –izquierdistas creyeron que resucitando el Consejo Nacional en Defensa de la Democracia (CONADE), podían abrir condiciones para una lucha popular democrática como la que se vivió en los años 80. Olvidan, o quizá nunca lo supieron, que el proletariado minero hizo crujir con su dinamita las dictaduras no porque estaba desesperado de votar, sino porque la “democracia” significaba posibilidad de reunión, de organización y, por ende, de defensa del valor de su fuerza de trabajo. Es decir, poseía un basamento material. Actualmente, la lucha opositora no significa nada de eso para amplias capas de la población, eso mismo se aplica al MAS, que, hasta ahora, no tiene grandes posibilidades de “ser defendido” por sus electores. Los habitantes de las periferias de las capitales, los pequeños comerciantes, la clase obrera y los campesinos pobres no tienen, en la actual disputa, ningún interés material que defender o conseguir. Ésta es la principal diferencia de la crisis superestructural que se da en Bolivia con las crisis sociales-estructurales desatadas en Ecuador hace un mes o en Chile actualmente. Creer que insertando artificialmente algunas demandas económicas detrás de la consigna central de “defensa del voto” resuelve el problema de la no incorporación de las clases trabajadoras choca con dos realidades: primero, la crisis económica no tiene, ni de lejos, los efectos punzantes de otros países vecinos y, segundo, la prioridad de la lucha política en términos electorales (“fuera Evo”) incorpora sólo a la masa votante opositora y genera desconfianza en la base del oficialismo, que como ya se ha dicho, compone amplias capas obreras, campesinas y pueblo pobre.
El MAS, que ha quedado como un ganador ilegítimo de las últimas elecciones, confía en desinflar las luchas opositoras y volver a imponerse con medios bonapartistas (ya desconoció anteriormente los resultados de un referéndum vinculante que inhabilitaba al presidente y vice como candidatos). Su dominio completo del Estado burgués, cuya alianza empresarial-sindical (y militar) rechaza enérgicamente irse del poder “por las buenas”, la aquiescencia (pasiva) de su amplia y policlasista base social, le dan la seguridad política como para enfocarse más en las maniobras enfocadas a conseguir la legitimidad de la “comunidad internacional”; el planteo de una auditoría electoral no vinculante por parte de la OEA es la salida más allanada para imponer la victoria de Morales. En medio de un escenario regional hecho un polvorín (Ecuador, Honduras, Haití y Chile) es bastante improbable que los organismos internacionales del imperialismo apuesten por un recrudecimiento de la conflictividad en Bolivia, que supone ingobernabilidad y malos negocios para las burguesias.
Si la en la actual polarización política las direcciones de ambos bandos se llenan la boca de democracia, la izquierda debiera llevar esta discusión a sus últimas y reales consecuencias. Levantar un programa democrático que incluya reformas del Estado vinculados al tema de la justicia, la salud, la eliminación de las FFAA y la policía, la eliminación del presidencialismo, la autonomía integral de la educación, etc. Pero la lucha democrática no debe ser sólo por plantear reformas superestructurales, también debe ser por articular demandas económico-sociales a éstas últimas, como las relacionadas a la recuperación de los recursos naturales, su industrialización, el cumplimiento de las conquistas laborales para toda la clase trabajadora, etc. Para ello, hace falta interpelar no sólo a los sectores progresivos de la pequeña burguesía urbana, sino también a la propia base electoral del MAS, y evitar que se condene al pueblo a ser masa de maniobra de las candidaturas burguesas. Como espacio de intervención para forjar un polo de referencia organizativo y programático de independencia política, urge que los sindicatos obreros, campesinos y organizaciones populares establezcan, como primer paso, un Encuentro Obrero, campesino y popular que diga claramente:


¡Ni Mesa, ni Evo ni ningún otro gobierno burgués!


¡Luchar por la independencia política y organizativa de los trabajadores del campo y la ciudad!