Naturaleza del ejército

 

 

 Guillermo Lora

El ejército es un producto de la sociedad, una criatura de la clase dominante, que cumple la función específica de soporte del Estado burgués; concentra la capacidad compulsiva estatal y tiene la misión de defender, con sus propios métodos, que son métodos violentos, el régimen de la propiedad privada. Ese sentido tiene el mandato constitucional de que las fuerzas armadas tienen la misión básica de defender la intangibilidad de la Carta Magna; ésta, de la misma manera que todo el ordenamiento jurídico, no son más que la plasmación de la voluntad de la clase dominante de defender, por todos los medios, el régimen imperante, del que es su expresión social. Si tal es la función del ejército, es absurdo que pueda actuar al margen de la lucha de clases, contra la propiedad privada burguesa, ni siquiera cuando los jefes castrenses se mueven como núcleo bonapartista en el poder.

 

El ejército no se reduce, ciertamente, a jefes y oficiales, sino que en su base se encuentra la gran masa de soldados, clases y suboficiales. Normalmente aparece representado y su orientación definida por la alta jerarquía castrense. Esto es posible por su estructura vertical y por la disciplina que impera en su seno y que bien puede sintetizarse en la sentencia de que "el ejército no delibera" y se limita a obedecer. La estructura de las fuerzas armadas anula y acalla a su ancha base social, que normalmente no puede expresarse ni opinar, aquella es simplemente sustituida por los mandos de la tropa.

 

Soldados, clases y suboficiales, son elementos estrechamente y cotidianamente vinculados a obreros y campesinos, lo que permitiría suponer que el ejército en momento alguno puede actuar contra !os sectores mayoritarios de la población, que se trata nada menos que del pueblo en armas. En ese caso la clase dominante no tendría ninguna necesidad de las fuerzas armadas para mantenerse en el poder. De una manera general y normal, soldados y clases actúan contra sus hermanos y sus padres, como consecuencia. de la disciplina militar y de la organización vertical del ejército.

 

Las fuerzas armadas, como todos los fenómenos sociales, por otra parte, son producto de la lucha de clases y se mueven bajo su poderosa influencia. La alta dirección castrense (Alto Mando) y su ancha base social (soldados y clases) no son, en definitiva, la mismas cosa, como podría creerse superficialmente, son extremos diferentes y contrapuestos. En determinado momento, la lucha de clases se acentúa en su seno y concluye escindiéndolas. El crecimiento de la ola revolucionaria, actuando a través de soldados y clases, puede concluir anulando la capacidad de fuego del ejército, esto porque los hijos de obreros y campesinos, ocasionalmente uniformados, pueden negarse a disparar o porque una parte de la joven oficialidad, sensible a las nuevas ideas, es ganada por la revolución. La oportunidad de la insurrección y de su victoria es señalada por este hecho. En el movimiento socialista se ha planteado, una y otra vez, el problema del armamento de quienes están llamados a consumar la transformación de la sociedad y a instaurar la dictadura del proletariado. La respuesta, desde el punto de vista de las masas y no del voluntarismo aventurero, está dada en la anterior conclusión: las armas se encuentran en los arsenales de los cuarteles y sus puertas serán abiertas al pueblo por los soldados, clases y jóvenes oficiales radicalizados.

 

Si el ejército es una criatura de la ciase dominante, que lo es porque la propiedad de los medios de producción le permite convertirse el amo indiscutido de la política y del aparato estatal, los grupos más osados de jefes y oficiales no pueden ir más allá de los intereses de la burguesía.

 

En los países atrasados donde no existen condiciones materiales para un generoso florecimiento de la democracia formal, imposibilidad que se traduce en una aguda crisis de los partidos civiles burgueses, las capas castrenses no tardan en convertirse en árbitros del juego político. Aparecen como cartas sustitutivas de la burguesía en los momentos críticos; no sólo cuando asoman amenazantes las masas encabritadas, sino también cuando los punzantes problemas internos obligan a plantear, en términos perentorios, la solución de las tareas democráticas, esto como una forma de superar el atraso del país en el marco capitalista.

 

Cuando los militares formulan el programa de cumplimiento de las tareas democráticas, lo hacen expresando los intereses generales de la burguesía nacional, importando poco que ésta sea inexistente. El ejército, hechura de la clase dominante, reproduce las limitaciones de la burguesía nacional. Puede enunciar las tareas democráticas, pero no podrá cumplirlas debidamente. Su frustración en este propósito plantea la posibilidad de que el proletariado se convierta en caudillo nacional, precisamente porque se ve obligado a tomar en sus manos las tareas incumplidas de otras clases sociales. De esta manera, los movimientos nacionalistas acaudillados por militares o los gobiernos castrenses que les corresponden, corren la misma suerte que la de los regímenes burgueses nacionalistas. Hay una izquierda castrense, pero sus posibilidades de consumar transformaciones en la estructura económica de la sociedad son tan mínimas como las de la propia burguesía nacional.