Partido Obrero Revolucionario

 

Perspectivas de los gobiernos derechistas en América

 

Estamos escribiendo la presente nota cuando Nicolás Maduro está esperando el tiro de gracia de una rebelión francamente dirigida por el imperialismo y la derecha venezolana, cuando la mayoría de los gobiernos francamente derechistas de América, las organizaciones internacionales y el gobierno norteamericano reconocen al nuevo gobierno provisional dirigido por el presidente de la Asamblea Nacional opositora, Juan Guaidó. La prensa internacional comenta que en el ejército ha empezado a surgir graves fisuras que, en cualquier momento, los sectores inconformes, cerrarán filas con la conspiración derechista.


De consolidarse el golpe de Estado, el imperialismo instalará un gobierno de mano de hierro para extirpar todo vestigio del chavismo y asestará duros golpes contra las organizaciones obreras y populares independientes. Le espera a Venezuela un gobierno duro con rasgos fascistas con el argumento de reconstruir una economía destrozada por el “populismo chavista” y esa “reconstrucción” sólo puede concebirse cargando las consecuencias de la crisis sobre las espaldas de los trabajadores y de los sectores más pobres de la población. 


En Brasil, a pocas semanas de posesionado el gobierno de Bolsonaro, está probado que se ha instalado en Planalto un gobierno ultraderechista con fuertes rasgos fascistizantes. Se informa que todos los días se acentúan las tendencias más cavernarias que se manifiestan como hostigamiento y persecución implacable contra las organizaciones que proclaman la libertad de las inclinaciones sexuales y las organizaciones obreras; el gobierno anuncia que los izquierdistas, los causantes de una corrupción escandalosa y del desastre de la economía brasileña, también serán aniquilados física y políticamente, todo esto para contentar a una clase media poderosa que clama por seguridad.


En Argentina y Chile la victoria electoral de la derecha ha provocado una inicial esperanza en que los nuevos gobiernos puedan recomponer sus maltrechas economías provocadas por los “populistas”; pero las masas, al constatar que esto no ocurre y por el contrario se acentúa la miseria, rápidamente retornan a las calles para exigir soluciones a sus problemas. La tragedia radica en 
que estas masas se baten contra sus gobiernos derechistas sin dirección revolucionaria, hecho que las obliga a recorrer caminos extraviados muy lejos de la solución de sus problemas.


En Brasil y Venezuela el proletariado sale derrotado porque no ha tenido la capacidad de diferenciarse políticamente de los gobiernos reformistas que han terminado en total descalabro. Cargan sobre sus hombros la corrupción desenfrenada y la miseria que han provocado esos gobiernos y tardarán mucho tiempo para que puedan aparecer como una referencia política independiente capaz de ponerse a la cabeza de los explotados de sus países, si logran estructurarse en sus propios partidos políticos con programa revolucionario.
Pero, de manera general, todos estos gobiernos derechistas, los fascistizantes y los que conservan todavía careta “democrática”, tienen un sólo destino determinado por una ley que emana del desarrollo del propio capitalismo y que señala la imposibilidad de que en el seno del actual sistema social moribundo ya se pueda encontrar el mínimo resquicio que permita un futuro desarrollo de las fuerzas productivas, por tanto un desarrollo de los países capitalistas atrasados.


Las clases medias que ahora se convierten en el colchón social de estos gobiernos derechistas, muy pronto se desencantarán porque no encontrarán la soñada seguridad para el desarrollo de sus aspiraciones. Los gobiernos derechistas ultimarán sus esfuerzos para endurecer sus políticas serviles al imperialismo y poner en brete a las masas levantiscas de sus países. Nos espera todo un período de frustraciones por la ausencia de una dirección que pueda señalar una perspectiva revolucionaria a los explotados del continente. Las capillas de esos oportunistas que se autoproclaman como trotskistas y han reptado unas veces detrás del democratismo burgués y otras del foquismo aventurero, lejos de ayudar a construir una internacional revolucionaria, son un obstáculo confusionista. Sólo la reconstrucción de la IV Internacional marxista – leninista – trotskista, salvando todas sus dificultades organizativas y programáticas, puede constituirse en una dirección efectivamente revolucionaria para el proletariado internacional.