Partido Obrero Revolucionario - MASAS - Argentina

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¿Por qué decimos que la opresión sobre las mujeres es de clase y no de género?

 

 

En las últimas décadas las organizaciones feministas han desarrollado la idea de que la opresión que sufrimos las mujeres no sería de clase sino de género, cuya base debe buscarse en una cultura que da el poder al “macho” para humillarnos y someternos física y psicológicamente. Las más radicales han llegado al extremo de negar la lucha de clases y sustituirla por una guerra entre mujeres y hombres.

 

Sostienen que el patriarcado sería un sistema de dominación universal independiente del capitalismo, que nos oprime a todas las mujeres por igual. Y concluyen, por tanto, que el programa de emancipación de las mujeres consistiría en el desarrollo de una educación que cambie los valores culturales, que se alcance la igualdad mediante sistema de cupos en los trabajos, en las listas de candidatos, etc., y castigue las expresiones de la opresión. De esta manera sería posible de acabar con la opresión y la violencia a través de leyes, de la incorporación de la “perspectiva de género” en escuelas y reformas del capitalismo. Así mismo no faltan organizaciones de izquierda que pretenden unifi car marxismo y feminismo sosteniendo, aunque a veces no lo digan abiertamente, que la opresión es de clase y de género. Esta forma de plantear la cuestión se centra en los fenómenos para ocultar sus causas. Por ello inclusive los organismos del imperialismo como la ONU pueden plantear entre sus objetivos la “igualdad de género”.

 

El origen de la opresión de las mujeres fue con las sociedades de clase, basadas en la propiedad privada de los medios de producción y la explotación del trabajo. Las mujeres fuimos convertidas en esclavas del hogar, no por el poder de los hombres en general, sino por un puñado de hombres y mujeres, propietarios de los medios de producción, que necesitaban que garanticemos la crianza de los niños (las nuevas generaciones a ser explotadas) y el cuidado de los hombres para que sean explotados. El patriarcado no es un sistema de dominación “independiente” del capitalismo, es una y la misma cosa, es la forma de organización sexual (la familia monogámica) que nació para garantizar la existencia de la propiedad privada (a través de la herencia por línea paterna) y la explotación del trabajo. El capitalismo no es más que la forma moderna y última de la propiedad privada

 

El capitalismo, al desarrollar la gran industria, sentó las bases para acabar con el patriarcado. Por un lado porque incorporó a millones de mujeres al trabajo en las fábricas, los ofi cios y las profesiones. Por el otro porque llevó a la producción industrial un montón de tareas que antes las mujeres nos veíamos obligadas a realizar en casa: la confección de ropa, los pañales, las conservas de alimentos, etc. Inclusive al desarrollar el sistema educativo fue posible que una parte considerable del tiempo de cuidado y la educación de los niños fuera socializado.

Sin embargo el capitalismo no fue capaz de desarrollar esta tendencia hasta el fi nal. Convirtió a muchísimas mujeres en trabajadoras asalariadas pero no eliminó por completo el trabajo doméstico, por eso decimos que cargamos con una doble opresión, la del capital y la del hogar. Los capitalistas nos tratan como fuerza de trabajo inferiorizada, nos pagan salarios menores (un 25% en promedio), tenemos una mayor tasa de desocupación (más del doble que los hombres) y no accedemos a todos los trabajos por igual.

 

La familia como unidad económica de la sociedad de clases, hoy el capitalismo, establece los lazos de dominación y subordinación al hombre. No es casualidad que la mayor parte de los abusos, violaciones y violencia en general ocurran en el seno de la familia. Por eso decimos que el programa de emancipación de la mujer implica la destrucción de su condición de esclava de la familia. Muchas organizaciones feministas no solo no pueden ver este papel de la familia en la opresión de las mujeres sino que además buscan reforzarla. Sostienen que podría resolverse “repartiendo equitativamente” las tareas del hogar con los hombres. ¿Y las millones de mujeres que nos hacemos cargo solas de la casa y de los chicos? ¿Nos tenemos que buscar un marido? ¿Y qué hacer si el hombre trabaja 10, 12 o 14 horas? Nuestra lucha no es contra los hombres, sino contra los capitalistas, contra los que están interesados en la existencia de la explotación del trabajo y la opresión sobre las mujeres.

 

El mayor peso de la opresión recae sobre las mujeres obreras, las mujeres originarias y las mujeres de las clases medias arruinadas. No todas las mujeres somos oprimidas por igual por el patriarcado. Sectores de las clases medias pueden atenuar esta opresión pagando para que otras personas se encarguen de las tareas domésticas, mientras que las burguesas como Juliana Awada viven directamente del trabajo ajeno explotando a hombres, mujeres y niños. Estas últimas no son nuestras hermanas sino nuestras enemigas de clase.

 

Para acabar con la opresión no bastan medidas culturales, porque la base económica de la sociedad sigue reproduciendo la división del trabajo que nos encadena al hogar. Mientras haya millones de desocupados las mujeres seremos las más afectadas, junto a los jóvenes. Mientras nos sigan pagando salarios menores y las tareas domésticas no sean completamente socializadas seguiremos atadas al sometimiento familiar, que seguirá perpetuando todas las formas de violencia.

 

Para acabar con el patriarcado es necesario acabar con el capitalismo, destruyendo aquello que le dio origen: la propiedad privada. Solo la lucha de clases, por la revolución y dictadura proletarias, por el socialismo, puede acabar con este estado de cosas. Por ello es imprescindible organizarse con la política obrera, recuperar los sindicatos que están en manos de los burócratas y construir el Partido Obrero Revolucionario que levante la estrategia revolucionaria de transformar la propiedad privada en propiedad colectiva. Así podremos poner los grandes medios de producción al servicio de las necesidades de las grandes mayorías y acabar con la desocupación, incorporar a todas las mujeres al trabajo, socializar las tareas domésticas y el cuidado de los niños, garantizando la independencia económica por medio del salario mínimo igual a lo que cuesta vivir.